Veo la luna muerta
de mi rostro en el vidrio.
Un foquito tenaz
lo ilumina en la noche.
Mi rostro cae como
una máscara que arde.
En mi interior me buscan
los fantasmas de siempre.
No hay después. ¡Me consumo
en una pesadilla!
Los libros que en silencio yacen sobre la mesa nada saben del alma de esta cosa vencida que soy, hoy que ya poco, casi nada, me importa...
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