Virgilio sigue vivo
después de dos mil años,
al menos entre aquellos
que, doctos, lo cultivan.
Mi nombre pasará
rápidamente. Pocos
son los que me conocen.
Menos, los que me leen.
Los libros que en silencio yacen sobre la mesa nada saben del alma de esta cosa vencida que soy, hoy que ya poco, casi nada, me importa...
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