El dorso de mis manos
ya de a poco se arruga.
La izquierda toma un lápiz
y su piel se distiende.
Pero lo suelto y sé
de mis cincuenta y uno.
Cuerpo que se contempla
por un momento y sigue.
Los libros que en silencio yacen sobre la mesa nada saben del alma de esta cosa vencida que soy, hoy que ya poco, casi nada, me importa...
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